El pasado sábado, la banda que nació en Mataderos se presentó en La Trastienda con una gran puesta en escena.
Vestidos con trajes negros y corbatas, Daniel Beiserman, en bajo, Marcelo Mira, en batería, Germán Wiedemer, en el órgano Hammond, el joven Lucas Sedler, en guitarras, y Pablo Fortuna, en saxo, esperaban sobre el escenario de La Trastienda a Adrián Otero y a Emilio Villanueva para dar comienzo a una velada dedicada al mejor blues argentino.
Así, faltando cinco minutos para empezar, Otero, sin más, entró por la puerta principal, se paseó entre las mesas atiborradas de gente y se subió a las tablas para fascinar con su voz cavernosa. Más tarde, se incorporó el histórico saxofonista de La Paternal Emilio Villanueva, completando la formación actual de Memphis La Blusera.
Quienes creen que 25 años no son nada deberían haber estado allí para ver a un grupo de músicos que realmente aman lo que hacen y que no necesitan de grandes ensayos para darle al público lo mejor.
Con un show muy cuidado, prolijo, capaz de generar atmósferas de alegría y melancolía a través de un impresionante juego de luces que marcó los diferentes matices, La Blusera deslumbró con "Un montón de nada", "Sopa de letras", "Arrepentido", "Estepario", "Es vivir", "En la oscuridad", "Chau Catalana", "Mataderos Blues", "El viento te lo dirá", "Moscazo, pizza y Fainá", "Boggie de la valija", "Se necesita", "La bifurcada" e "Irresponsable", todas glorias del blues argentino. Para el final se guardaron "Rodar o morir", dedicada a Norberto Pappo Napolitano y a Oscar Moro, un homenaje ya infaltable en cualquier recital.
Entre sus tantas intervenciones, Otero se divirtió con la humorada de que "no estaba tan mal, siendo su primera presentación". Lo cual llama a recordar aquella famosa de 1982, en el B.A.Rock, poco antes de lanzar su primer disco "Alma bajo la lluvia", en la cual también se presentaron vestidos de traje y corbata. En aquella ocasión fueron despedidos por el público a silbidos y naranjazos. Veinticinco años después sólo quedó el naranja de las luces, y los silbidos se convirtieron en aplausos de pie.